Semana
14. 91/275
Amadeo, Benjamín
Primero por haber elaborado la ensalada de patatas más grande, con 3.277 kilos, pero también por el tiempo que tardaron 4.500 personas en engullirla: 30 minutos.
Semana
14. 90/276
Régulo
La culpable de que esto suceda es la cortisona, una hormona que se segrega en momentos de ansiedad y que bloquea el mecanismo de recuperación de información hasta casi una hora después de que desaparezca la situación de tensión.
Semana
14. 89/277
Jonás
Los estudiantes de Derecho, en los siglos XVI y XVII, llevaban sus textos atados con correas o cintas y, una vez terminaban la clase, "liaban los bártulos" lo que significaba que, por fin, era hora de irse.
Semana
13. 88/278
Doroteo
Semana
13. 87/279
Ruperto
Se adelantan los relojes una hora a las dos de la madrugada del domingo en los 15
países de la U.E.
Se dice que rehusaba recibir remuneración en dinero pero en cambio, exigía un pago anual de sus servicios de un diamante azul de 24 quilates.
Semana
13. 86/280
Braulio
. Historias Reales:
4. Fernando VI, el pacífico. 1713-1759
Hipocondríaco, débil y dominado por mujeres, primero su madrastra y después su mujer, murió loco y sin descendencia teniendo que pasar el testigo a su hermano Carlos .
Fernando VI, el tercer Borbón proclamado rey de España, creció sin madre, ya que la reina María Luisa de Saboya murió tuberculosa cinco meses después de su nacimiento. Fue un hombre triste, destemplado, autoritario, receloso e hipocondríaco, pero todas estas características que conformaron su personalidad tienen un porqué.
Ya hemos contado en capítulos anteriores que su padre, Felipe V, estaba loco y que su segunda mujer, Isabel de Farnesio, fue como la madrastra de Blancanieves para los hijos de su marido. En cuanto a su hipocondría, obedecía a la temprana muerte de su hermano Luis al contraer la viruela.
Fernando nació el 23 de septiembre de1713. Su venida al mundo se celebró con tres días de luminarias, se cantó un tedéum por la mañana en la capilla real y por la tarde el Rey y su séquito acudieron en peregrinación a la basílica de Atocha para dar las gracias a la virgen por el feliz acontecimiento.
Estas alharacas, sin embargo, no cambiaron la actitud general de su padre, Felipe V, en cuanto a la relación afectiva. Como el rey apenas los veía, sus infantes se comunicaban con él mediante cartas cariñosas que les dictaban sus tutores. Los príncipes escribían en francés porque era el idioma que utilizaba la Familia Real.
Al igual que ocurriera con el Príncipe de Asturias, Isabel de Farnesio se encargó de divulgar el rumor de que Fernando era un chico enfermizo, que no viviría muchos años. Como, además, no era el heredero, convenció al loco de su marido para que no le permitiera el acceso a la milicia, al gobierno ni a las relaciones cortesanas. Uno de sus tutores, el conde de Salazar, se apiadó de él y, además de enseñarle lo importante que era ser honrado e íntegro, intentó prepararle para otros cometidos de mayor trascendencia.
De todos modos, en 1a mente de Fernando cuajaron las tres ideas básicas que su padre mandó imprimirle. A saber: los reyes lo son por derecho divino, la religión católica debía regir toda su vida y nunca emprendería acciones contrarias a los intereses de Francia.
La tradición exigía que a los siete años tuviera su propio cuarto y fuera asistido sólo por hombres. Su padre también le autorizó a oír misa y hacer las comidas con el Príncipe de Asturias. Conscientes del vacío y el desprecio que Isabel de Farnesio sentía por los dos, combatían el desafecto y la soledad amándose como dos buenos hermanos. Por ello, la temprana e inesperada muerte de Luis convirtió a Fernando en un hipocondríaco para el resto de su vida.
A partir de entonces, el infante tuvo terror a las enfermedades, sobre todo a la viruela, que también le atacó. Precisamente, se encontraba pasando la cuarentena cuando Felipe V en un arrebato de locura, escribió al presidente del Consejo de Castilla abdicando en su persona. El documento fue interceptado por el arzobispo de Valencia, hombre de confianza de Isabel de Farnesio. A1 clérigo le faltó tiempo para entregárselo a la reina y ésta lo rompió en pedazos. Desde ese momento guardias adictos a la soberana vigilaron todos los movimientos de su marido.
En 1729, el futuro Fernando VI se casó en Badajoz con Bárbara de Braganza, la mujer que le había elegido su madrastra. La princesa había nacido en Lisboa el 14 de diciembre de 1711 y era hija de Juan VI y María Ana de Austria, reyes de Portugal. Era horrorosa, y tan avariciosa que consiguió hacerse con una inmensa fortuna, pero era culta y tenía un carácter estudioso y pacífico. Aprendió música, canto, labores e idiomas.
Cuando falleció, en 1758, hallaron en su biblioteca más de 2.000 libros. Volúmenes firmados por los clásicos, de viajes, medicina, filosofía, ciencias políticas, matemáticas, religión, etc. Para paliar su fealdad y su gordura se vestía siempre con sus mejores galas y se adornaba con impresionantes joyas.
Hasta que Fernando fue proclamado rey, Bárbara tuvo que aguantar la marginación que le impuso la reina. Su marido aceptaba la situación con resignación cristiana, pero ella intentaba rebelarse, aunque sin ningún resultado. Los grupos casticistas y contestatarios, que odiaban a Isabel, tenían puestas sus esperanzas en ellos, pero enterada la reina del tema, rodeó a la pareja de espías.
Temiendo una sublevación, Isabel de Farnesio convenció al rey para que firmara un reglamento que regulara las actividades de los Príncipes de Asturias. Entre otras cosas se les prohibía comer en público, salir de paseo, visitar templos o conventos y recibir a embajadores, excepto a los de Francia y Portugal. Sólo podían visitarles y por separado, cuatro personas previamente autorizadas.
Esta especie de arresto domiciliario supuso una etapa de abandono y olvido, aprovechada por la reina para difundir el rumor de que Fernando era un enfermo irrecuperable y un incompetente. Por ello, cuando sustituyó a su padre, sus primeras medidas fueron desterrar a su madrastra a La Granja y emprender numerosas reformas.
El 9 de julio de 1746 falleció Felipe V. Al nuevo rey, de 33 años, lo describieron como un hombre de pequeña estatura y semblante ordinario. Melancólico y dócil, pero con violentos arrebatos de cólera e impaciencia. De la reina destacaban, su fealdad, su gula, su egoísmo y su avaricia. Pero todos coincidían en que los nuevos monarcas habían quedado tan asqueados de las guerras domésticas y de los conflictos internacionales promovidos por Isabel para situar a sus hijos, que sólo aspiraban a mantener la paz dentro y fuera de casa.
Fernando VI estaba convencido de que el amor a las conquistas territoriales había perjudicado los intereses nacionales, paralizando adelantos en la agricultura y el comercio, y como amaba la tranquilidad y no tenía los intereses políticos de su padre, impulsó una política de desarrollo económico.
Durante su reinado se vivió un decenio de fomento continuado de la riqueza del país. Sentó las bases de un mercado nacional, autorizando la libre circulación de mercancías en cualquier punto del Estado, algo impensable hasta entonces, ya que las aduanas y los impuestos interiores lo había hecho imposible. Otro mérito suyo fue refundir todos los tributos en uno.
En cuanto a Madrid, propulsó la estructura actual de la capital. Amante de la caza y la naturaleza, prohibió a los particulares el aprovechamiento de pastos, pesca y leña de los montes de El Pardo para que no se deterioraran o cayeran en manos privadas. Declaró bosque real la Casa de Campo, que había recibido como regalo de su hermano Luis. Además, la amplió expropiando terrenos y viviendas.
En cuanto a la política internacional, su mayor preocupación fue el lamentable estado en que su padre le dejó el conflicto de Italia. Fernando VI se mantuvo neutral en la primera fase de la Guerra de los Siete Años. Recuperó Menorca, que, al igual que Gibraltar, estaba en poder de Inglaterra. Los ingleses se apoderaron del Peñón en 1704, durante la guerra de Sucesión, y luego se quedaron con él a perpetuidad gracias al tratado de Utrecht.
El pueblo sabía que su rey era un hombre de carácter débil, dominado por su "bárbara esposa", pero como el país marchaba mejor que nunca, estaban contentos con él. Fernando participaba con gusto en una ceremonia vinculada a la sensibilidad callejera. Se celebraba el día de Jueves Santo. El rey sentaba a su mesa y lavaba los pies a 13 pobres de solemnidad. La ceremonia empezaba con el reconocimiento médico de los sin techo para comprobar que no padecían ninguna enfermedad contagiosa. Recordemos que para el monarca un simple catarro era sinónimo de muerte.
El siguiente paso era asearlos, tarea que corría a cargo del servicio. Entonces aparecía el rey, que venía de la capilla en comitiva, escoltado por su guardia. El monarca se quitaba la capa y el sombrero y procedía al lavatorio. Seguidamente se servía la comida con el habitual protocolo utilizado en la corte. En el menú entraban todo tipo de verduras, arroz, pescado fresco y empanado que, dadas las comunicaciones de la época, no se sabe en qué estado llegaría a una capital que no tiene el mar cerca. De postre, dulces y frutas.
En mayo de 1758, Bárbara de Braganza, que estaba muy enferma, sufrió una recaída y ya no se recuperó. Falleció el 27 de agosto,
a los 47 años, de un cáncer de útero. El rey no superó la marcha de su amada esposa. Habían afrontado juntos las acometidas de Isabel de Farnesio y ya se sabe que las adversidades unen mucho.
La gran sorpresa vino cuando abrieron su testamento y se descubrió que había nombrado heredero universal a su hermano Pedro. La reina había acumulado siete millones de reales. Una fortuna, fruto de sus años de rapiña. A1 pueblo le dolió mucho más que ese capital saliera de España, que la muerte de su soberana. A su marido le legó joyas de poco valor, una imagen de la virgen, y lo que él eligiese de sus pertenencias. Fernando cogió una carta manuscrita de Santa Teresa, unos cuadros y un juego de té. Por deseo suyo, Bárbara fue enterrada en el convento de la Visitación, más conocido por Las Salesas.
El físico y la mente del rey empezaron a debilitarse a pasos agigantados. Abandonó los asuntos de Estado y su cuidado personal. Lloraba sin cesar. Cualquier conversación servía para recordar a su mujer. Dormía sobre dos sillas y un taburete. Se había vuelto loco.
El duque de Alba consiguió que testara. Como no había tenido hijos, nombró sucesor al futuro Carlos III, rey de las Dos Sicilias, y de regente a Isabel de Farnesio, lo que nunca hubiera hecho de estar en su sano juicio. Fernando VI murió el 10 de agosto de 1759, en el castillo de Villaviciosa de Odón, donde se había recluido desde que le faltó su esposa. Fue enterrado junto a ella, en las Salesas.Capítulos anteriores: 1: Carlos II, el hechizado / 2: Felipe V, el animoso / 3: Luis I, el bien amado
Semana
13. 85/281
Edelmiro
Fiesta en Grecia
La romana Popea tenía por costumbre que una esclava se llenase la boca con perfume y lo pulverizase sobre su rostro y cuerpo.
Semana
13. 84/282
Edelmiro
La razón de esa mirada tan "especial" que parece estar controlando la voluntad del animal que tiene enfrente es una mucho más natural: las serpientes carecen de párpados, no pueden parpadear, lo que les obliga a mantener los ojos siempre abiertos.
Esa es también la explicación por la que las serpientes parece que no duermen nunca, sí lo hacen, pero con los ojos abiertos ya que al carecer de párpados no los pueden cerrar.
Semana
13. 83/283
Rebeca
Se le rendían honores constantemente, y hasta comía en la misma mesa que el emperador y su familia.
El sucesor de Calígula, Claudio no invitaba a Incitatus a su mesa pero si siguió tratándolo con todos los lujos, manteniendo, por ejemplo, en su pesebre de marfil, una copa de oro siempre llena de vino.
Semana
13. 82/284
Bienvenido. Octaviano
Considerado erróneamente como un método indoloro de ejecución, es el más usado en Estados Unidos, con más de 250 intervenciones.
Llegada la hora, se inyecta progresivamente en el cuerpo del condenado un barbitúrico, como el tiopental sódico, que conlleva la pérdida de conocimiento; un relajante muscular del tipo del bromuro de pancuronium, que paraliza el diafragma y corta la respiración, y clorato potásico que finalmente provoca un paro cardíaco.
Semana
12. 81/285
Fabiola
Semana
12. 80/286
Claudia
Empieza la primavera
Fue en las antiguas casa de Persia, donde se estrenó el sistema de colocar telas en los marcos de las puertas y ventanas con el fin de permitir el paso del aire pero no del sol.
Semana
12. 79/287
José
Fiesta en España, excepto Andalucía, Aragón, Asturias, Baleares,
Canarias, Cataluña y La Rioja
. Historias Reales:
3. Luis I, el bien amado. 1707-1724
Rey a !os 16 años por la abdicación de su padre, Luis I tuvo una infancia triste y bastante solitaria y una constitución física endeble y enfermiza. Lo casaron con una indeseable y murió de viruela, a los 17 años.
Fue el primogénito de Felipe V y de su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya. Recibió el nombre de Luis en homenaje a su bisabuelo, el Rey Sol.
Siguiendo la tradición, fue educado hasta los siete años por mujeres. A esa edad su padre le puso su propio cuarto para que fuera servido únicamente por hombres. El rey también ordenó que empezara a ser tratado como Príncipe de Asturias aunque era sistemáticamente ninguneado por su madrastra, Isabel de Farnesio.
La reina odiaba a los hijos mayores de su marido tanto como quería proteger a los suyos; de ahí que hiciera correr el rumor de que tanto Luis como Fernando eran unos chicos débiles y enfermizos, que no vivirían mucho.
Luis permanecía semiencerrado en el palacio del Buen Retiro. El pueblo, que apenas lo veía, se preguntaba qué motivos le impedían mantener contacto con sus súbditos. Como las noticias que les llegaban sobre él estaban relacionadas con su afición a la caza, les preocupaba que, siendo un chico enfermizo, le permitieran que anduviese de cacería por las heladas montañas de la sierra madrileña. Uno de los pasatiempos del infante cuando salía de excursión era matar culebras,por las que Isabel de Farnesio sentía auténtica aversión y por lo único que le felicitaba.
Sus otras diversiones consistían en asistir a representaciones teatrales hechas siempre por hombres, que se celebraban con motivo de la onomástica de algún miembro de la Familia Real, y salir por la noche con sus criados disfrazado de chulapón.
Estas escapadas no eran del todo inocentes, pues las aprovechaba para robar fruta y calar melones de las huertas aledañas al Buen Retiro, con el consiguiente disgusto delos hortelanos, y ya en plena pubertad para visitar casas de prostitutas situadas en los arrabales madrileños.
Físicamente, Luis se parecía a los Habsburgo, y de carácter era exageradamente tímido. Para demostrar a su hermano Fernando lo mucho que lo quería le regaló la Casa de Campo de Madrid para que pudiera cazar a sus anchas. Los infantes eran conscientes de que estaban muy solos. Isabel de Farnesio, que llevaba las riendas de la familia y la política, les hacia el vacío impidiéndoles el contacto con su padre.
El 20 de enero de 1722, a los 15 años, el Príncipe de Asturias se casó con Luisa Isabel de Orleans. en el castillo del duque del Infantado, en Lerma. La novia fue elegida según los intereses de Isabel de Farnesio y como cabía esperar, el matrimonio fue un auténtico fracaso.
Para conocer los motivos del desastre hay que retrotraerse a lo que era la Corte francesa, la más depravada y corrompida del siglo XVIII. El regente, Felipe de Orleans, fue un ser libertino y abyecto que se había casado, contra la voluntad de su madre, con la plebeya mademoiselle de Blois. La pareja tuvo cuatro hijas y un hijo, Charles de Orleans, que, sin ser un santo no llegó a ser tan pervertido como su famoso padre.Las hijas del regente eran la duquesa de Beny, con quien el duque de Clrleans mantenía relaciones incestuosas. Le seguía Luisa Adelaida, lujuriosa abadesa. La tercera, mademoiselle de Valois, se fugó con el duque de Richelieu estando prometida al príncipe del Piamonte. Después de la escapada la casaron con un primo segundo del duque de Módena, a quien abandonó, siguiendo los consejos de su hermana mayor, para regresar a París y seguir divirtiéndose.
La menor, Luisa Isabel, tratada como mademoisella de Montpensier, llegó a España con apenas 12 años. Según su abuela, la joven "tenía los ojos bonitos, la piel blanca y fina, la nariz bien hecha y la boca pequeña; sin embargo, es la persona más desagradable que he visto en mi vida" matizaba finalmente.
Como Luis y Luisa Isabel eran unos niños se esperó un tiempo prudencial para que consumaran el matrimonio, permitiendo que en su primera noche de casados, validos y confesores los vieran juntos en la cama.
El 10 de enero de 1724, el Príncipe de Asturias fue proclamado rey por la abdicación de Felipe V Al nuevo monarca, de 16 años, le faltaba adquirir una formación adecuada. Quienes lo conocían proclamaban sus buenas cualidades, pero a su vez eran públicas su timidez, su lentitud y su pereza, heredada de su padre. Su primera decisión consistió en restablecer la etiqueta de los Austria, que había sido suprimida por su progenitor. Por lo demás, se dedicaba a hacer las mismas travesuras que cuando era Príncipe de Asturias.
En cuanto a Luisa Isabel, su templanza desapareció el mismo día que se vio convertida en reina. Desde ese momento su desenfreno no conoció límite. La Soberana trataba a su marido con desdén, desoía los consejos que le daba y sentía un desprecio total y sistemático hacia la etiqueta y el sentir de los españoles.
Luisa Isabel apenas se aseaba, paseaba por palacio, en bata o camisón, exponiendo su desnudez a servidores y visitas. Su mayor entretenimiento era lavar ropa en público y limpiar los cristales y azulejos de las galerías del Buen Retiro. Coqueteaba sin reparo con los miembros de la guardia y los cortesanos. Actuaba tan escandalosamente que el rey no permitía que lo acompañara a ningún sitio.
Luis llegó a sentir tal aversión por su esposa que se alejó de ella. Además, le llegaron comentarios de la íntima amistad que la reina mantenía con Kilmalok, una de sus damas, mujer intrigante y ambiciosa, a quien culpaban del proceder de la soberana. Kilmalok aconsejaba a su señora a tenor de su propio beneficio y era la causante de que la reina abusara habitualmente del alcohol.
El malestar del monarca ha quedado reflejado en las cartas que dirigía a su padre. "La reina, como de costumbre, no tiene sobre su cuerpo más que el camisón. Anoche, cuando fui a cenar con ella, estaba tan alegre que me pareció que se encontraba borracha". En otra misiva le dice: "Esta mañana la reina ha acudido a San Pablo en bata y después de almorzar bastantes tonterías -se alimentaba de ensaladas- se ha ido a lavar pañuelos".
Más ejemplos sobre lo mismo: "Después de comer, la reina se ha puesto la bata y de esta forma se ha asomado a la gran galería de cristales desde donde la veían de todas partes lavando azulejos. No veo otro remedio que encerrarla y destinar a su servicio las personas que yo considere. Estoy desolado porque no sé lo que me espera".
Como las etapas de lucidez de Felipe V eran efímeras, Isabel de Farnesio se ocupaba de responderle. "Espera y da un tiempo a la reina para ver si entra en razón". Luis terminó por prohibir a su mujer que saliera de sus habitaciones, a las que sólo tenía acceso el personal de servicio designado por él. Luisa Isabel lloraba y gritaba como una niña consentida cuando no le dan un capricho, pero el rey se mantuvo firme y se planteó pedir al Papa que anulara su matrimonio.
La viruela, una de las enfermedades más temidas, puso fin a la vida del joven Luis I. En carta a su padre, el 19 de agosto de 1724, escribía: "Voy a acostarme porque estoy ronco. Esta mañana he tenido un pequeño desvanecimiento, pero ya estoy mejor".
Isabel de Farnesio, frotándose las manos, pidió al doctor Hyghens un informe sobre el mal que aquejaba el rey. El médico le aseguró que se trataba de un fuerte constipado, pero el 21, en el cuerpo del monarca afloraron granos y pintas. El diagnóstico fue viruela benigna, por lo que lo aislaron. Luisa Isabel, que tan mal se había comportado, permaneció al lado de su marido hasta el 31 de agosto de 1724, cuando el corazón le dejó de latir. Había cumplido 17 años el 25 del mismo mes.
A su muerte, el monarca fue enterrado vestido de gala, con casaca y calzones de raso y oro, con vueltas escaroladas, corbata y sombrero, bastón y espada. Sobre su pecho descansaba el Toison de Oro y el cordón del Sancti Spiritus.
Luisa Isabel de Orleans, contagiada de viruela, pasó los primeros días de viudez totalmente sola. Tenía al pueblo en contra y se llevaba a matar con sus suegros. Decidió instalarse en París, donde siguió llevando una vida disipada hasta que el dinero no le dio más de sí. Entonces se refugió en un convento y de ahí pasó al palacio de Luxemburgo, donde murió en 1742, amargada y llena de deudas.Capítulos anteriores: 1: Carlos II, el hechizado / 2: Felipe V, el animoso
Semana
12. 78/288
Salvador
La creencia, tan extendida, de que es ahí donde lo hacen surge por la pérdida de volumen que experimenta esta joroba durante las largas travesías que estos animales realizan por el desierto sin beber agua.
Sin embargo la giba es un almacén de reservas energéticas en forma de grasa, ya que el depósito de agua del camello es su estomago, que presenta unas cavidades con capacidad para cinco o seis litros.
Semana
12. 77/289
Patricio
Fiesta en Irlanda
Negar con la cabeza es decir sí (da) y asentir es expresar negación (ne).
Semana
12. 76/290
Heriberto
Tanto era la cosa que las parteras debían intentar su trabajo con las manos por debajo de las sábanas que cubrieran a las parturientas.
Semana
12. 75/291
Luisa
Fiesta en la ciudad de Castellón
Poco a poco comenzó a aplicarse el término a los amigos de lo ajeno debido a la frecuencia con la que los miembros de las tropas militares realizaban todo tipo de hurtos y saqueos.
Semana
11. 74/292
Matilde
Este es el lapso de tiempo que tarda el cerebro en enviar un mensaje a sus células pigmentarias (cromatógrafos) de su piel, para que se contraigan o dilaten a fin de realzar u ocultar sus colores.
Semana
11. 73/293
Patricia
Por tanto, las sombras varían a cada instante a lo largo del día y no hay dos iguales. La causa: la rotación terrestre.
Semana
11. 72/294
Fina
. Historias Reales:
2. El primer Borbón: Felipe V, el animoso. 1683-1746
Adicto al sexo, vestido con una camiseta de su mujer que no se cambiaba, y famoso por sus paseos desnudo por Palacio, el primer Borbón que reinó en España, Felipe V, acabó loco siendo uno de los pocos monarcas que han reinado dos veces.
El fundador de la dinastía borbónica en España nació en Versalles el 19 de diciembre de 1683. Era el segundo hijo del Delfín, Luis de Borbón, y nieto de Luis XIV, el más poderoso de los monarcas de la época y rey de Francia.
Felipe, duque de Anjou, llegó a España con 17 años, desconocía el país y el idioma, era inexperto y sin una preparación adecuada, se había criado en una Corte en la que el Rey Sol impuso el culto al lujo, la belleza y la ostentación. Su padre era un libertino que se desentendía de todo y de la madre de Felipe, María Ana Cristina de Baviera, se dice que era tan fea como mala persona
Con estos antecedentes no es extraño que Felipe resultara un hombre retraído, melancólico y triste. Huérfano de madre a los siete años, sus mentores fueron la duquesa de Orleans, el médico Helvecius y Fénelon, su confesor, que acuñó en la mente del niño la frase: "Antes muerto que caer en pecado mortal", algo que le marcaría toda la vida.
Felipe tenía el pelo rubio y rizado, la frente ancha, los ojos grandes y el labio inferior levantado, como los Habsburgo. Por cuestiones de estrategia su abuelo consideraba que había que casarlo. Eligieron a María Luisa de Saboya, una adolescente de trece años, porte airoso y rostro agradable. La princesa lloró, pataleó y se negó a contraer matrimonio. La boda por poderes se celebró el 11 de septiembre de 1701 en Turín y después en Figueras, hasta donde Felipe había viajado para recibir a su mujer.
Felipe, se enamoró de ella en cuanto vio su retrato. Mujer inteligente, María Luisa demostró tener grandes dotes para la política y para adaptarse a las costumbres de su nuevo país. Mujer de enormes cualidades, acostumbraba a salir de incógnito por Madrid para cenar al son de coplas y guitarras en las ventas situadas a las afueras de la capital
La pareja tardó tres días en consumar el matrimonio porque la reina temía el encuentro íntimo. Pero, una vez que los jóvenes saborearon las delicias
del amor, no se encontraba fórmula para sacarlos de la cama.
Felipe se convirtió en un obseso sexual, condición que mantendría a lo largo de su vida. Sin embargo, sus convicciones religiosas eran tan fuertes que fue incapaz de cometer una infidelidad. Durante el tiempo que pasó desde la muerte de María Luisa a su boda con su segunda mujer, Isabel de Farnesio se negó a tomar una amante. Eso sí, en ese interregno su carácter se agrió y se convirtió en un ser insoportable. Su única razón de vivir era el sexo.
Felipe y María Luisa se querían. Ella escribía a sus antiguas damas diciéndoles que su esposo la divertía y la fascinaba. "Jugamos al cucú y al escondite para hacer más apetecible después nuestro encuentro".
Con estos juegos amorosos, a Felipe no parecía preocuparle el asalto que sufrían sus territorios y, ante su inercia, la reina, bastante más consecuente que él, lo echó de su cama. Sólo así el monarca se puso al frente de sus tropas. El fuego que llevaba dentro encontró una salida en el campo de batalla. Desde entonces se le conocería por "El Animoso". Cuando regresó se encerró con su mujer en el dormitorio y no salieron en una semana.
El 25 de agosto de 1707 nació el primogénito, a quien llamaron Luis, en homenaje al Rey Sol. En 1709, Felipe, que vivió una semana; y en 1713, el futuro Fernando VI.
Cinco meses después moría la reina, el médico confirmó que estaba tuberculosa, además de tener el hígado y los riñones muy dañados. Un diagnóstico que realizó a simple vista porque el rey no permitió que otras manos tocaran a su mujer y que otros ojos la vieran desnuda. La reina
falleció con 26 años y Felipe cayó en una depresión profunda.
El rey precisaba con urgencia una mujer a su lado y eligió a Isabel de Farnesio, de 22 años, hija de Eduardo III, duque de Parma. Físicamente era de estatura media, rechoncha y con la cara picada de viruelas. Altiva, atrevida y ambiciosa, no era la persona que el rey necesitaba para mitigar su desequilibrio mental.
"La Parmesana" hablaba varios idiomas, tenía algún conocimiento de historia y gustaba de la pintura y la música casi tanto como de la pasta y el queso, que se hacía traer de su país. Educada como una cortesana, enseguida cogió el tranquillo a su marido. Mujer de armas tomar, rivalizaba con su esposo en las cacerías y en la cama, y si para tener contento al rey había que darle sexo, caza y comida, nunca habrían de faltarle las tres cosas. De esta manera, ella podía dedicarse sus intrigas políticas.
El pueblo nunca la quiso y ella lo sabía. "Los españoles no me aman, pero yo también los odio", solía repetir. Provocó serios conflictos de Estado y promovió desastrosas guerras para situar a los siete hijos que tuvo con Felipe V. No le fue mal. Casó bien a las niñas, y Carlos fue rey de Nápoles, Sicilia y España, y Felipe, su amado "Pippo", duque de Parma,Piacenza y Guastalla.
Desgastado físicamente por el abuso del sexo y desequilibrado mentalmente, un buen día se puso a gritar como un poseso en el palacio del Buen Retiro porque creía que su ropa interior y las sábanas estaban embrujadas. Y empezó a coger la costumbre de no mudarse, de no lavarse, de no cortarse el pelo, ni las uñas. Envuelto en mugre, permanecía semanas enteras en la cama.
Cada crisis traía consigo una nueva manía. Vestía, como única prenda, una camiseta de la reina porque decía que sus ropas estaban envenenadas. Otras veces se creía rana o difunto. A largos períodos de silencio le seguían otros
agresivos. Paseaba desnudo por el palacio de El Pardo. Cantaba a viva voz y pegaba a su esposa, con quien discutía a grito pelado.
Despachaba con sus ministros a las dos de la madrugada, cenaba a las cinco y se acostaba a las siete. Como había perdido la potencia sexual, de la que Isabel se valía para dominarlo, empezó a ser tratado por curanderos sin ningún resultado.
El monarca había abdicado en 1724 en favor de su primogénito Luis, que reinó 7 meses porque murió de viruela. El rey volvió a retomar el poder, que conservó hasta su muerte, el 6 de julio de 1746. Aparte de su locura, padecía gota y murió de una apoplejía. Su cadáver fue expuesto tres días en el salón de la primera planta del inacabado Palacio Real
Capítulos anteriores: 1: Carlos II, el hechizado
Semana
11. 71/295
Ramiro
Semana
11. 70/296
Cayo
Cada una de estas flores cuenta con tres pistilos y cada pistilo tiene, en su parte superior, una zona de color naranja que se denomina estigma, es precisamente de esa minúscula parte, el estigma, de donde se obtiene el condimento más caro que existe.
El precio de un kilo de azafrán puede superar los 2.000 euros.
Semana
11. 69/297
Francisca.
Semana
11. 68/298
Bermudo.
Atila era una persona culta, educada en la cultura grecolatina y en el sistema político y administrativo romano.
En sus banquetes se solía recitar poesía y sus ocupaciones directas eran, por lo general, bastante pacificas.
No obstante su mala fama tiene una explicación, cobrara elevados tributos a cambio de paz, algo que no solía gustar mucho a sus enemigos.
Semana 10. 67/299
Felicidad. Perpetua.
Semana 10. 66/300
Olegario
Semana
10. 65/301
Teófilo
Fiesta en la ciudad de Zaragoza
. Historias Reales:
1. El último de los Austrias: Carlos II, el hechizado. 1661-1700
Amamantado hasta los cinco años, no aprendiendo a andar hasta los diez, impotente, enfermo, feo, y extremadamente débil de carácter, el último de los Austrias murió pensando que todos sus males eran fruto de un castigo divino.
Debido los continuas uniones entre parientes, la sangre de los Habsburgo, mezclada una y otra vez consigo misma, entre otras cosas para cumplir el pacto implícito entre las coronas de España y Austria que expresaba que, el príncipe heredero de Madrid tendría que casarse con una Habsburgo y en justa correspondencia, una infanta española sería destinada al emperador austriaco, acabó toda una dinastía.
Carlos era hijo de Felipe II y de Mariana de Austria, sobrina de su marido -la reina era hija de la emperatriz María, hermana del rey español-. Con estos antecedentes Carlos nació y creció enfermo, padecía raquitismo crónico y en el cuello tenía unos ganglios que le impedían tragar bien hasta el punto de no poder ingerir comidas sólidas.
Fue amamantado hasta los cinco años por las quince nodrizas que tuvo. Como los médicos no encontraban remedio a sus enfermedades, achacaban el problema a que la leche de estas mujeres no era buena, recetándole alternar la lactancia con vísceras de animales domésticos que, según sus cuidadores, eran reconstituyentes.
Como su muerte podía entrañar serios problemas sucesorios, lo criaron entre algodones y absolutamente aislado. Sólo tenía contacto con su madre, los médicos, las ayas y las nodrizas. No jugaba porque no tenía amigos y ante el temor de que sufriera un accidente, tampoco se lo habrían permitido, sus únicos ratos de riesgo eran cuando montaba a caballo o salía de caza. Sus otras diversiones eran las bufonadas de los enanos y los chismorreos que le contaban las meninas, de las que aprendió a no guardar secretos.
A causa de su delicada salud, el infante no siguió ningún tipo de educación. El excesivo mimo hizo de él un ser humano caprichoso, voluble, chismoso, holgazán e iracundo. La Corte se echaba a temblar cada vez que le daba un ataque de ira.
Felipe II murió cuando su hijo tenía cuatro años y no había más remedio que presentar al nuevo rey a la Corte, lo que suponía un problema porque el niño no se tenía en pie. De hecho, no empezó a caminar hasta los diez años. Para disimular su endeblez, lo sentaron en una silla, ricamente engalanada, y protegido por almohadones. Un embajador de Luis XIV, escribió refiriéndose a él: "Es un niño enfermizo, de rostro pálido y mirada triste. El bonete le tapa las pústulas de sarna. Su boca abierta, con su avanzada mandíbula, le da un aspecto deplorable”.
Carlos estrenó su mayoría de edad, a los 14 años, rompiendo el círculo femenino que su madre había construido a su alrededor. Su primera decisión fue llamar a su hermano, Juan José de Austria, para que lo asistiera. Este personaje era el ambicioso bastardo reconocido por Felipe II un monarca que tuvo alrededor de 30 hijos naturales.
Juan José ejerció una poderosa influencia sobre su hermano, odiaba a la reina madre, Mariana, hasta el punto de convencer al rey para que la desterrara a Toledo. No contento todavía, le conminó para que rompiera la tradición y se casara con María Luisa de Orleans, sobrina de Luis XIV, el rey, ya con 18 años y harto de desahogarse en solitario, deseaba casarse cuanto antes.
La boda, por poderes, se celebró en París e1 31 de agosto de 1769 y, en noviembre, en Quintanapilla, una aldea de Burgos. Cuando la novia, considerada como la princesa más bella de toda la corte francesa, vio a su marido casi se desmaya. Era un hombre bajo, feo, de ojos pequeños, cuello y cara largos, barbilla hacia arriba y el labio inferior caído.
Cinco años después, con Don Juan José muerto y la madre del rey, doña Mariana, otra vez en Madrid, la incapacidad de Carlos para consumar el matrimonio y, por lo tanto, no darle un heredero a la corona, era la comidilla dentro y fuera de nuestras fronteras.
El 12 de febrero de 1688, María Luisa de Orleans murió repentinamente y el 28 de agosto del mismo año, el monarca se casó por poderes, en Wittelsbach, con Mariana de Neoburgo. La nueva reina fue para Carlos y sus ministros una pesadilla. Ejerció un control exhaustivo sobre su marido y sobre todos los asuntos políticos. Era fea, se inventaba embarazos y le podía la codicia. Su falta de escrúpulos le permitió hacer ventajosos negocios a costa del erario.
Conocedores los embajadores de Francia y Viena de la precaria salud del rey y del excesivo protagonismo político que ejercía su mujer, la presionaron para que le obligara a testar según los intereses del país que representaban. Carlos, por una vez se mantuvo firme ya que había prometido a su madre que nombraría sucesor a don Fernando José de Baviera, biznieto de doña Mariana, y así lo hizo el 13 de septiembre de 1796. El testamento también recogía que los Borbones quedaban excluidos de toda herencia, por las renuncias hechas por Ana de Austria y Maña Teresa, esposas de Luis XIII y Luis XIV, respectivamente.
Enterada Mariana de Neoburgo de los planes de su marido, sustrajo el documento y lo destruyó, algo que no hubiera hecho falta, Francia había pactado en secreto con Viena no reconocer a Fernando José de Baviera como titular del trono español y además el infante murió con siete años. Esta desaparición garantizaba los derechos sucesorios para el Delfín de Francia y para Felipe, su segundo nieto.
Enfermo y débil, Carlos II acabó convencido por la influencia de los que le rodeaban, de que la causa de todos sus males obedecía a que estaba hechizado. Voluntariamente, y con la bendición de la Iglesia, tan presente a lo largo de su vida, el soberano se sometió a exorcismos y otras prácticas oscurantistas.
Entre todos le hicieron creer que su impotencia era un maleficio porque sobre él pesaba el castigo divino. Para liar más la pelota, si el exorcista tenía inclinaciones francesas, informaba al rey de que el demonio había hablado en contra de Austria. Si el de turno era del otro bando, hacía lo propio.
Con un pie en el otro mundo y con las tropas francesas apostadas en los Pirineos, el cardenal Portocarrero, su secretario de Estado y el presidente del Consejo de Castilla, del partido francés, presentaron a Carlos II un último testamento que debió firmar sin enterarse de lo que hacía, porque a lo largo de su vida siempre dejó patente el odio que sentía por los Borbones.
El documento era una copia del testamento de su padre, Felipe IV, excepto en la cláusula 13, que decía: "Declaro sucesor al duque de Anjou, segundo hijo del Delfín, y como tal lo llamo a ocupar el trono de todos mis reinos y dominios sin excepción. Mando y ordeno a todos mis súbditos que le tengan y le reconozcan por su Rey y Señor natural, con la condición de que se mantenga siempre desunida esta monarquía de la corona de Francia. En caso contrario, la corona española recaerá en el archiduque Carlos de Austria".
El 1 de noviembre de 1700, Carlos II el Hechizado exhaló el último suspiro. Una nueva dinastía, que todavía continua, se asentó en el trono de España: los Borbones.
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Néstor, Romeo
En Europa, los primeros preservativos nacieron en el siglo XVI y estaban fabricados de lino. El inventor fue un médico italiano Gabriel Fallopius y se conocieron con el nombre de “abrigos”.
La palabra “condón”' fue acuñada en el siglo XVII por el doctor Condón, médico del rey Carlos II de Inglaterra.
A fines del siglo XIX los condones eran lavables y se vendían con una maquinita para sacarlos y enrollarlos. Los de látex no aparecieron hasta el año 1930
En la normativa española, el preservativo es un producto sanitario regulado por Real Decreto desde 1991. Existen en la actualidad más de 700 modelos.
Los preservativos que más se venden en España miden 18 centímetros, la mayoría aprende a manipularlo través de amigos, y son las personas casadas las que menos los usan.
Casi un 26 % de españoles confiesa que no sabe colocárselo correctamente.
Incluso con un uso correcto suele fallar en un 3% de los casos.
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Emeterio
El mayor libro del mundo se encuentra en Birmania, concretamente en la Pagoda Kuthodaw.
Se trata del "Tipitaka", también conocido por el "Canon de Pali", y que es el escrito de tradición budista más antiguo que se conserva.
Consta de 729 páginas, todas ellas hechas de mármol y escritas por ambos lados.
Cada una de estas páginas tiene unos 150 centímetros de alto y 90 de ancho.
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Simplicio
Aunque hay varias versiones, parece ser que fue un fraile de Pisa, Alessandro della Spina, el inventor, a finales del siglo XIII de las gafas.
Originariamente se llamaban "roidi da ogli" (discos para los ojos) y fueron toda una revolución en la época ya que permitieron prolongar la vida laboral de los artesanos que se dedicaban a los trabajos de precisión.
Tanto éxito tuvieron que durante muchas décadas el gremio de vidrieros de Venecia se enriqueció al poseer, mediante monopolio, el control de su fabricación.
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Rosendo
Fiesta en Baleares
Los primeros tacones datan del año 1533 y eran utilizados por las señoras de la alta sociedad como símbolo de lujo y elegancia.
Un siglo después ya se habían extendido por toda Europa y por todas las clases sociales, que rivalizaban con la altura de los mismos.
La exageración llegó a tal extremo, que muchas veces sobrepasaban los 13 centímetros teniendo que usar bastones para guardar el equilibrio.